Cuando crucé la meta de mi tercera media maratón, una oleada de emociones me invadió. No solo por haber completado algo más de 21 kilómetros, sino por todo lo que ese momento simbolizaba. Porque este logro no empezó el día de la carrera, ni siquiera cuando empecé a entrenar para ella. Empezó el día que decidí abrir mi mente a algo que no estaba en mis planes. Mente abierta fue mi pensamiento.

El 1 de enero, correr una media maratón ni siquiera estaba en mi lista de intenciones. Había corrido 5Ks, 10Ks, incluso tramos de 15 kilómetros, pero nunca había considerado ir más allá. ¿Por qué iba hacerlo ahora? Ya tenía mi ritmo, mi rutina, mi zona segura.

Hasta que, el 11 de enero, después de una carrera de 10K, algo dentro de mí cambió. Fue como si esa voz interior —la misma que me ha acompañado cada vez que he hecho las maletas para cambiar de país— me dijera: «¿Y por qué no?»

Y es ahí donde todo se conecta. Es esa fuerza que no se ve, la mente abierta y el corazón fuerte.

La vida del expatriado es una media maratón emocional. Cada dos o tres años cambiamos de país, de idioma, de costumbres, de redes de apoyo. Justo cuando empezamos a sentirnos cómodos, es hora de volver a empezar. Y aunque al principio parezca una aventura emocionante, la realidad es que no siempre es fácil, hay que tener el corazón fuerte, y una mente abierta a lo que está por llegar.

Tienes que aprender a leer señales en una lengua nueva, a entender códigos culturales distintos, a reconstruirte social y profesionalmente desde cero. Pero lo que más se pone a prueba no es tu fuerza física. Es tu fuerza mental, esa fuerza que no se ve, que no se mide en kilos. Esa capacidad de seguir, de adaptarte, de confiar en que lo que ahora te abruma, mañana será cotidiano.

Correr una media maratón me ha demostrado exactamente lo mismo. Claro que necesitas piernas entrenadas, pero más aún necesitas una mente que no te traicione. Una mente que no se rinda en el kilómetro 17, que no te paralice cuando las dudas aparecen, que no te sabotee con “no vas a poder”. Porque, igual que en la expatriación, el cuerpo sigue si la cabeza lo permite. La fuerza mental que consigues con una mente abierta y un corazón fuerte, te ayudará a conseguir aquello que soñaste.

La fuerza mental es, sin duda, el músculo más infravalorado, es el músculo invisible. No aparece en las fotos, no se mide en cronómetros, pero sin ella no hay meta posible. Y lo mágico y hermoso es que se entrena: con cada nuevo país, con cada reto aceptado, con cada día en que te levantas sin certezas pero con determinación. La fuerza mental hay que entrenarla cada día para que crezca.

Lo he vivido cada vez que he desembalado una vida en un nuevo destino. Y ahora también lo he vivido en el asfalto, kilómetro a kilómetro, consiguiendo acabar tres medias maratones en los cuatro primeros meses de 2025.

Abrir la mente no es una pose, es una práctica. Y cuando lo haces, descubres algo poderoso: lo inesperado también puede ser tuyo. No tienes que tenerlo todo planificado para lograrlo. No necesitas saberlo todo para atreverte. Solo necesitas dar ese primer paso y creer que, aunque hoy no lo veas claro, mañana estarás cruzando una meta que ahora te parece lejana. Cuando te abres a lo desconocido aprendes y creces.

mente abierta

Si estás viviendo una transición, una mudanza, un comienzo…

Tal vez hoy no puedas imaginar lo que lograrás en unos meses, pero con una mente abierta y una fuerza interna que te acompañe, te prometo que te esperan sorpresas hermosas.

Y tú, ¿cuál ha sido tu media maratón emocional este año?

Gracias, gracias, gracias.

Casti Yuste.

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